La no-maternidad: un proceso lleno de reflexiones y duelos

Hoy voy a hablaros de la maternidad. O mejor dicho, de la no-maternidad. Un tema sensible.

Cuando tenía 24 años me diagnosticaron endometriosis. En aquel momento tenía una relación con un chico y nos acabábamos de ir a vivir juntos, y también teníamos la ilusión de casarnos en un futuro y formar una familia. Cuando me explicaron qué era la endometriosis (nombre que no había escuchado en mi vida) y cómo podría influir en mi fertilidad, se me cayó el mundo encima. Ya en aquel momento esto provocó que mis ilusiones y las expectativas en relación a la vida que estaba construyendo se tambalearan. Aún era muy joven para comprender que muchos de los planes que hacemos para nuestra vida se quedan únicamente en eso: en planes. 

Tras la ruptura con aquel chico, tuve algunas relaciones de pareja un poco complejas (por ser sutil), de esas relaciones en las que te embarcas sabiendo de antemano que vas a naufragar y que, por supuesto, no vas a llegar a ningún puerto. Durante las mismas, siempre tuve claro que no sería madre con ninguno de esos chicos/hombres, porque sabía que esa no era la vida que querría dar a mis hijos. Posteriormente tuve unos años de soltería, duelos y autoconocimiento, hasta que retomé mi vida afectiva, y entonces conocí a un hombre con quien sí me visualizaba como madre, pero duró un suspiro. Y luego conocí a otro que ya era padre y no quería serlo de nuevo… Y así.

A lo largo de todos esos años en mi vida aparecieron un montón de mujeres, algunas de las cuales hoy son grandes amigas mías. La inmensa mayoría de ellas no son madres. De hecho me sobran dedos de una mano para contar las mujeres de mi vida (las cercanas de verdad) que sí lo son, incluyendo a todas las primas por parte de ambas familias. Tengo más amigos padres que amigas madres. Esto siempre lo he interpretado como un regalo que me permitió entender otra realidad válida para nosotras: la no-maternidad.

Entre todas estas mujeres hay historias de todo tipo: las que han sido madres con muchísimas dificultades, las que han sufrido abortos antes o después de tener hijos, las que se lo han pensado hasta casi los 40, las que tras mucho intentarlo no lo consiguieron, las que tras mucho intentarlo lo consiguieron con in vitro, las que han tenido que renunciar a tener hijos o a tener más hijos debido a motivos de salud, las que no lo han sido porque solo se veían capaces de serlo estando en pareja pero no la tenían, las que siempre han tenido claro que no querían serlo, las que con una media de 35 años se lo siguen pensando porque no lo tienen claro.

Un buen día apareció el cáncer de mi hermana y más tarde llegó su fallecimiento, que me arrancó también la posibilidad de ser tía, el diagnóstico de BRCA1 y los riesgos que un embarazo natural conllevaría para el bebé… Esto hace que a mis 35 sí que tenga claro que no quiero serlo, pero ¿cómo? ¿cuándo? pues tras haber pasado por todas esas fases.

Cada una de esas fases ha supuesto un duelo. Sí, un duelo. Un duelo en relación a las expectativas, a las ilusiones, a cada una de las relaciones afectivas construida (aunque fuera en mi cabeza), y a cada despedida, a cada frustración, a cada sentimiento de inutilidad como mujer, a cada sentimiento de miedo por no poder serlo. Y, por supuesto, a cada una de las fases de duelo ha seguido otra fase de apertura a la vida y a todas las posibilidades que la vida ofrece sin ejercer la maternidad como tal.

¿Por qué os cuento todo esto? Pues porque hace unas semanas estuve en una revisión con mi ginecóloga, con quien siempre trato el tema de quitarme los ovarios en un futuro cercano, por el riesgo de cáncer que también conlleva el BRCA1. Ella siempre me insiste en que no soy madre y que para las no-madres de menos de 40 años, la recomendación es no quitar los ovarios todavía. En esta ocasión, sin embargo, me sentí muy cuestionada, más que otras veces, no sé si porque por su parte hubo más insistencia o porque quizás yo me encuentro más susceptible. Pero lo que no puede ser (NO PUEDE SER) es que las mujeres que tenemos el deseo de no ser madres, y lo cumplimos no siendo madres, estemos constantemente cuestionadas con una enorme condescendencia que viene a decir “si no quieres ser madre es porque aún no te has dado cuenta de que en el fondo sí quieres”. Pues mira, no. No quiero. Ella me decía que la vida da muchas vueltas. ¿Me lo dices o me lo cuentas? Hace años que decidí no ser madre, no solo por una cuestión de tener o no una relación afectiva estable, (la cual sí tengo en la actualidad y sigo sin querer ser madre, mira tú) sino por innumerables razones que no voy a argumentar aquí, porque no me toca, porque es mío, me pertenece a mí, a mi mundo interno, a mi concepción de la vida y de la muerte, porque no tengo que intentar convencer a nadie. Pero si alguien con problemas de salud que afectan a su fertilidad, una hermana muerta por cáncer y 35 años de experiencia vital te está diciendo que tiene clara su decisión, cuanto menos tómatela en serio, que la vida ya se encargó de bajarnos de los Mundos de Yupi. Otra opción sería no tenerlo claro pese a todo ello, lo cual sería perfectamente razonable (amigas mías están en esas fase), y, otra, tener claro que pese a todo quiero serlo, pero no es el caso.

Ella me decía ¿y si cambias de opinión? Pues lloraré -le respondí- creo que en la vida tenemos que aprender a hacer más duelos y menos luchas por conseguir lo que no se puede. 

Dejadnos ser mujeres, dejadnos ejercer nuestra maternidad sin hijos, con proyectos de cualquier naturaleza que requieran poner nuestra energía creativa al servicio de, pasar por la vida ejerciendo los cuidados cuando toque, a las personas que amemos, los que necesiten. Dejadnos vivir el resto del tiempo por y para nosotras. Y sobre todo, confiad en que no somos inferiores ni inconscientes, porque cualquier decisión que conlleva desafiar nuestra biología y las normas sociales, requiere cuanto menos una pequeña reflexión que nos hacemos todas. TODAS. SIN EXCEPCIÓN.

Dejadnos Ser.

 

 

 

 

 

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