Cuando aparecen los recuerdos…

En los últimos meses mi vida ha cambiado muchísimo. Escribir y dibujar se han convertido en dos de las más importantes actividades que han ido marcando mis rutinas de rescate (término que me acabo de inventar) junto con los nuevos hábitos alimenticios y las clases de Pilates.

En este nuevo contexto, y debido también a que mi pareja cada vez deja más bártulos en mi casa, me he ido motivando a hacer un cambio importante en casa: deshacerme de una antigua habitación y convertirla el nuevo estudio, un espacio con más armarios y sobre todo mi nueva cueva, donde meterme a crear, a modo de terapia. 

Estoy feliz con los cambios, y ¡muy emocionada!

Sin embargo, este proceso, como parece que todo últimamente, también ha supuesto una necesaria inmersión en mis recuerdos, un viaje por el pasado, dado que en los viejos muebles tenía cajas que no había llegado a desembalar cuando hace cuatro años me vine a vivir a esta casa.

En aquel entonces, con las prisas de la mudanza y el estrés del regreso de mi hermana a casa de mis padres, ya enferma de cáncer, metí bajo la cama muchas cosas que no volví a mirar. Hasta hoy. El otro día, al vaciar los muebles viejos tuve que meter en cajas muchas cosas, y sacar todo ello al salón. Hoy, con todos los muebles ya montados, me ha tocado empezar a recolocar como Dios manda todo ello, con la limpieza correspondiente (¡y lo que me queda!). Y lo que me he encontrado… fotos, cuadros, figuras… de cuando viví en pareja hace años, la foto de la boda de mi hermana, las láminas traídas de mis viajes a New York cada vez que iba a visitarla, aquellas cosas que rescaté tras mi separación y que me llevé a aquella habitación que ocupé en casa de unos amigos antes de buscarme un piso compartido... donde construí mi primera cueva personal, individual, durante varios años, que adorné, ante el dolor cíclico de las circunstancias, con millones de motivos de flores (siempre acompañándome sin haberme percatado de ello hasta ahora). Encontrar todo ello me ha supuesto, como digo, un viaje por el pasado, por mis recuerdos… Pero un viaje rápido, eso sí, porque os confieso que estoy lo suficientemente contenta, emocionada y, por otra parte, agotada de catarsis y estrés emocional, como para regodearme siquiera 10 minutos más en todos esos recuerdos que, a estas alturas, tengo ya más que repasados y quemados muchas veces en mi vida.

No obstante, soy de las que no cree en las casualidades. Por eso esta vez también le he sacado chispas a este regalo divino: la primera chispa, comprobar mi entereza y mi fuerza para indagar en las cajas y mirar de frente a mis recuerdos; la segunda chispa, haber podido rescatar y hacer sitio a todas las láminas, fotos, figuritas de hadas y flores de papel que esta vez sí me siento capaz de integrar en este nuevo espacio, en esta nueva cueva. Porque…

¿No es a caso más amorosa la vida cuando podemos integrar el pasado cuando miramos al futuro? Dejarnos arropar por los recuerdos (que últimamente tanto se empeñan en aparecer) es permitirnos abrazar nuestras sombras, nuestros dolores, recordarle a nuestro Ego que no tiene nada de lo que huir, nada por lo que luchar, nada que esquivar, nada que olvidar…

 

 

1 Comment

  1. 🌷una flor simbolica más para decorar ese nuevo estudio y que dentro de el nazcan cosas nuevas. Prometo leer todo lo que pueda, escribes muy bien. Me gustó que has usado la palabra entereza.

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