La metáfora de mirar al sol

Hace poco más de dos años, días antes de morir, con un deterioro físico y cognitivo muy importante que la limitaba muchísimo, mi hermana aún hacía planes. Me decía, por ejemplo, que avisara a tal amiga de que “esta semana no me encuentro muy bien para quedar pero que la siguiente la llamo seguro”. A mí, al igual que a mis padres, se me caía el corazón al suelo, y a ratos me tenía que esconder en el baño a llorar. Los sentimientos eran muy contradictorios: una parte nuestra le seguía la corriente, de manera amorosa, con el fin de facilitarle en lo posible ese trance, pero por otra parte sentíamos cierto enfado y frustración de ver cómo se autoengañaba y se negaba lo evidente: que la semana que viene no iba a encontrarse mejor, que su deterioro aumentaría hasta el extremo, que se moriría en unos pocos días…

El Servicio de Cuidados Paliativos tramitó una hospitalización domiciliaria para las dos últimas semanas, espacio en el cual también contamos con la atención de una psicóloga. Una de las primeras preguntas que le hicimos fue sobre este asunto: ¿cómo es posible que no se dé cuenta de que se muere? Y ella, que había estado previamente con mi hermana a solas en su habitación charlando un buen rato, nos explicó que mi hermana era sumamente consciente de su situación, que le había hablado de ello con mucho realismo. ¿Entonces? Entonces había dos partes: una era protegernos a nosotros. El otro componente de peso era lo siguiente: para las personas sostener durante 24 horas al día ese nivel de realismo y consciencia ante algo tan estresante como la propia muerte, es muy difícil. Nos lo explicó con la metáfora de quien mira al sol: nos dijo que mirar al sol puede gustarnos, nos da luz, calor, nos relaja incluso, pero si miráramos mucho rato al sol, nos quemaría la retina. Pues mirar con lucidez una situación estresante, como puede ser que vamos a morir, puede ser algo similar: ser realistas y hablar de ello con honestidad puede ser beneficioso, pero una parte nuestra necesita bajar la mirada y volver a fantasear para sobrevivir a esa angustia.

A mí esta metafóra se me quedó grabada a fuego. Me impactó porque soy tan sumamente honesta que tiendo a criminalizar en exceso el autoengaño (propio y ajeno). Así que comprender la fantasía como un mecanismo de supervivencia era algo que no me había llegado a plantear. Eso me permitió empezar a ser mucho más comprensiva y empática hacia las personas cuando observo cierto grado de autoengaño.

Posteriormente, resulta que, sin haberme dado cuenta yo misma utilicé ese mecanismo cuando me ingresaron con mucha fiebre el día que la infección postoperatoria afloró. Mi pareja me contó tiempo después que mientras ellos estaban viendo la gravedad del asunto, yo solo les decía que me encontraba mejor y que igual me daban el alta con unos Paracetamoles para controlar la fiebre. Mis padres y él me decían cosas como “ah, pues a lo mejor sí, coméntaselo al médico a ver qué te dice”, y yo me quedaba tan contenta. Pero me plantearon (los médicos) quedarme ingresada por seguridad… y estuve ingresada, nada más y nada menos que 11 días, con dos intervenciones quirúrgicas entre medio.

No hay nada como llegar al límite para aprender a ser más amorosa y comprensiva con los demás, pero sobre todo, con una misma. Y doy gracias a esos soles que me iluminan. 

2 Comments

  1. Mientras trabajaba con ella, tu hermana siempre me decía que no me quería agobiar, pero que le quedaba poco tiempo y que teníamos que acabar el libro porque se iba a morir. Era perfectamente consciente de ello, pero no nos lo decía todos los días para no cansarnos. Y también decía que quería hacer cosas, porque un día te mueres, pero antes no.

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  2. Hola Itxi,
    Lo primero decirte que me encanta tu blog, la entrada de hoy me parece muy interesante creo que lo que dices en él es totalmente cierto, la compasión hacia una misma y a partir de ahí hacia los demás es necesaria para tratarse más amablemente. La amabilidad no es autoindulgencia es darse el tiempo y el espacio necesarios para cuidar de una misma, de comprender y aceptar las emociones negativas y no empeñarnos en quitarnoslas de encima cuanto antes, es saber parar, es mimarse y actuar de la manera más sabia.

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