Reconocerse tras la mutilación

Asumir un cambio de imagen en el propio cuerpo no es fácil, al menos cuando no es buscado. Eso no significa que para todas las personas vaya a ser igual de duro.

Para mí ha sido muy duro y tampoco lo ha sido tanto. Recuerdo el día siguiente de perder el pecho. Por la mañana me ducharon entre dos enfermeras: una me lavaba mientras la otra ponía una bolsa de basura estirada para evitar que me viera reflejada en el espejo. Por la noche estaba de turno la que había sido mi enfermera favorita durante el ingreso, la misma que tan mal me cayó nada más conocerla. Le dije que quería ser con ella con quien me viera la herida y me dijo que si quería que así fuera, tenía que ser ya, porque al día siguiente me darían el alta y ella tenía fiesta. No me sentía capaz de verme, pero mucho menos de irme así a casa y lidiar con ello sin una profesional que no llorara como, quizás, haría mi madre al verme llorar a mí.

Fuimos al baño, me ayudó a retirar las gasas y me descubrí la herida, el agujero. Fue horrible, pero estaba tan preparada para que fuera lo más horrible del mundo, que no fue tan horrible.

Esa misma noche compartía habitación con una chica que tenía cáncer en el útero, creo. Unos meses antes había tenido una quemadura en la tripa, no recuerdo si como consecuencia de la radiación o por un accidente doméstico… (mi mente no conseguía procesar la información que llegaba de fuera), pero sí recuerdo que me dijo que hasta pasado un mes no fue capaz de mirarse la herida, que se duchaba sin mirarse a penas. En otra ocasión fui testigo de cómo una persona cercana a penas reaccionó emocionalmente a su mastectomía, y cómo otra murió de un cáncer que avanzó inevitablemente por negarse radicalmente a operarse y quedarse sin pecho. Con esto quiero ilustrar que los cambios en el cuerpo tienen muchas caras, muchos motivos, muchas expectativas, mucha carga emocional.

El proceso de autoaceptación no es rápido, y mucho menos lineal. Tras varios meses encontrándome psicológica y emocionalmente mucho más fuerte, los últimos días no he podido evitar volver a sentir cierto asco hacia el cuerpo que habito, no puedo evitar querer desaparecer cuando veo en una película una escena de sexo y hay una mujer con unos pechos fabulosos que tuve y nunca volveré a tener. No puedo evitar oscilar entre verme guapa y sentirme orgullosa de mí misma a nada que me arregle, y esa misma noche, sentirme un despojo cuando me desvisto y me pongo el pijama.

Y hoy no concluiré con una frase maravillosa que arroje luz. La mutilación es una mierda. Y punto. Ahí voy…

 

 

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