¿Por qué me duele tanto? la endometriosis

La endometriosis… la otra cosa de salud femenina con la que convivo. Aunque ahora, inevitablemente, ha quedado en un segundo plano.

Me diagnosticaron endometriosis con 24 años. Era verano y, tras una regla, se me quedó un dolor residual, el típido dolor de regla, durante el siguiente mes. Supuse que sería algún coágulo de sangre que se habría quedado ahí, sin expulsar, y que en la siguiente regla todo volvería a su ser. Sin embargo, en la siguiente menstruación todo estalló: dolores intensísimos que me impedían ponerme de pie, calambres por las piernas que me impedían caminar… En urgencias comprobaron que no era una apendicitis y me derivaron, sin más, a mi ginecóloga. Como yo tenía ginecóloga privada, tuve que pedir una derivación a la de la Seguridad Social. Tuve la enorme suerte de poder hacer los trámites de derivación al especialista de manera muy rápida, aunque no sin una previa discusión con mi entonces médico de familia, quien consideraba que un dolor de regla no era urgente hasta que su enfermera le hizo cambiar de opinión. En el plazo de un mes contaba ya con un diagnóstico de endometriosis y un ginecólogo de referencia en la Unidad de Endometriosis del Hospital. Digo la enorme suerte, porque el tiempo medio de diagnóstico en España de esta enfermedad es, nada más y nada menos, que de 7-8 años. ¡Yupiiii!

A la endometriosis la llaman la enfermedad silenciosa. Quizás much@s no hayáis oído hablar de ella. ¿Y sabéis por qué? Porque no se habla de ella, y de ahí su nombre ¿Y sabéis por qué? Porque es la típica enfermedad de mujeres, de histéricas, de niñas fantasiosas que se creen que les duelen los ovarios cuando, como todo el mundo (varón) sabe, “los ovarios no duelen”.

Digamos que la endometriosis actúa, tal y como me explicaron una vez, como un cáncer, pero no lo es. Es una enfermedad benigna: se crean quistes, se puede extender como una metástasis, pero no daña más allá de poder afectar brutalmente la calidad de vida de las mujeres que la padecen.

Mi caso nunca ha sido muy severo, pero los primeros años me dio mucha guerra. Lo  más duro fue el estrés que sufrí durante ese primer periodo de la enfermedad: sentimientos de inutilidad, de discapacitada sexual (dolores intensos durante las relaciones sexuales), autodevaluación como mujer… Mi entonces pareja, quizás debido a nuestra juventud, yo qué sé, no supo acompañarme de una manera amorosa, y eso tampoco ayudó.

Inmediatamente después del diagnóstico, empezaron a hacerme ecografías cuatrimestralmente, si no recuerdo mal, para controlar el posible crecimiento de estos quistes. ¡Y vaya si crecieron! Pasados los dos primeros años, en los que me negué a tratamiento y a intervención quirúrgica, probé algunos tratamientos naturales que no fueron efectivos. Tuve un ginecólogo muy bueno que siempre me traslado la confianza y el respeto hacia cualquier tipo de tratamiento alternativo que deseara probar, así como hacia el tiempo que yo necesitase para tomar la decisión. Cuando finalmente decidí operarme no lo hice porque hubiera empeorado, sino porque no mejoraba. Sin embargo, al dar la orden de operación parece como si algo se activara en mi cuerpo, y ese quiste que medía alrededor de 4cm en el ovario izquierdo, en el plazo de un mes, en lo que tardé en hacerme la ecografía preoperatoria, se había convertido en 2 quistes de 4 cm cada uno y un tercero de 2 cm. Los ovarios miden entorno a 3cm cada uno. Haceros una idea.

Entré en quirófano hace ya más de 8 años. A los dos meses aproximadamente de la operación me realizaron una nueva ecografía en la que se vio que, de nuevo (en dos meses, repito) me había salido un nuevo quiste de 3 cm… Tras la operación inicié tratamiento anticonceptivo (lo único que medio-funciona), que mantuve durante 4 pesados años. Los dejé por encontrarme hinchada y abotargada. Me la jugué, pero los quistes se han mantenido estables desde entonces hasta el día de hoy.

Tras la operación y con los anticonceptivos, mi calidad de vida mejoró muchísimo (sin tener en cuenta el sobrepeso y el metabolismo lento a lo largo de los años, claro) ya que los dolores en general no volvieron a ser tan intensos.

Sin embargo, yo seguía con mi guerra interna por hacerlos desaparecer, y claro, la frustración cuatrimestral era inevitable. Lo que me hizo dejar de pensar tanto en la enfermedad fue el cáncer de mi hermana ya que, en comparación con eso, mi endometriosis era una jodida gilipollez.

Mañana os contaré en qué consiste exactamente esta enfermedad que afecta, se calcula, a entre un 10% y un 15% de mujeres en edad fértil.

Gracias por leerme.

 

 

 

 

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