Incómoda luz

No me regocijaré en el dolor,

pero tampoco acallaré mi llanto,

ni amordazaré mi grito,

ni ocultaré las marcas que la vida me dejó.

 

No te seré cómoda de observar,

porque no mimaré tus oídos,

ni cuidaré tu retina,

ni cubriré de algodón las espinas que debas tocar.

 

Si me preguntas qué tal, no te mentiré,

te responderé, si es así, que me encuentro mal.

Tampoco me verás forzar un llanto, disimular una risa,

o susurrar muy bajito una melodía que, si la canto fuerte, me devolverá la paz.

 

No deseo que me subas a un altar,

que presupongas cualidades que no poseo,

que fantasees entorno a mis valores,

que me idolatres por el dolor que temes pasar.

 

No quiero que me adores,

ni necesito que me conozcas en profundidad,

no deseo que me veas por lo que yo no me veo,

ni que pienses un yo no podría tan habitual.

 

Lo que quiero es que, al verme, te permitas verte tú,

que al admirar mis cicatrices acojas las tuyas,

que al verme sufrir atiendas tu dolor,

que te abraces como lo harías conmigo.

 

No quiero ser tu heroína, ni un ejemplo, ni una guía.

Lo que deseo es compartir la chispita de luz que tanto me costó encontrar,

inspirarte a encontrar la tuya propia,

que te reconozcas tan valiente, válida y bella como siempre fuiste,

y sigamos iluminando juntas los duros caminos de las que vienen detrás.

 

A ver si, entre todas, los hacemos un poquito menos duros.

 

 

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